O Couso, un lugar para despertar

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Andrew Cohen y Deepak Chopra son de la misma opinión: nunca ha habido una mejor época para estar iluminado. Ambos son personas que nacieron lejos de la época de los mitos. Ninguno de los dos pudieron tirar flechas junto Arjuna, ni meditar debajo del árbol Bodhi con el Buda, ni pasear por alguna seca colina cubierta de olivos junto al Galileo. Pero a pesar de ello, siguen firmes en la creencia de que el universo, de alguna forma, colabora o conspira para traerte hasta ese instante preciso en el que puedes despertar a un tipo de consciencia más amplia, más próxima al misterio de la existencia. Hay en ellos un impulso evolutivo interior que los acerca a esa curiosidad por entender las causas primeras de todo cuanto existe, un compromiso activista hacia promover la búsqueda constante hacia respuestas universales, pero también íntimas.

De alguna forma, el ser humano siempre despierta a nuevas sensaciones, a nuevas experiencias que les hace cambiar por completo. He conocido a lo largo de estos años de trasiego a personas entabladas en esa lucha interior, en ese remate que pretenden alcanzar con el estímulo de la fortaleza, apartadas del miedo y del qué dirán.

Ayer mismo, mientras volvía de madrugada desde Sevilla intentando vencer al sueño me acordaba de la charla que horas antes había tenido con un empresario ganadero, amigo y poeta de la vida que, valga la paradoja, nos comunicaba inquieto pero seguro que en unos meses se iba a realizar un retiro vipassana. Me preguntaba qué resorte interior, qué cosa mayor que la curiosidad por experimentar nuevas sensaciones o paradojas existenciales hacía que unos y otros quisieran probar el dulce sabor de eso que vagamente llamamos espiritualidad.

Cómo nos recuerda Chopra, a veces sólo hace falta una pequeña chispa para que arda todo un bosque. Cuando esa chispa se enciende en nosotros, todo lo añejo arde en la pila bautismal que experimentamos. Nacemos de nuevo a una realidad que Cohen muy acertadamente llamaría “iluminación evolutiva”. De alguna forma, esa chispa provoca cierta luz interior, cierta guía difícil de describir pero cierta, real, inspiradora. El yo auténtico, el hacedor verdadero que llevamos dentro asoma tímidamente y nos provoca un movimiento existencial a veces sin retorno. Nos seduce con un camino diferente, atrevido, apasionante. Nace ese impulso evolutivo que ha permitido que la raza humana haya avanzado desde la oscuridad de las cavernas hasta la efervescencia en la que nos encontramos ahora. Desde la más oscura ceguera hasta la más clara y maravillosa de las luminiscencias actuales.

Es muy atractivo seguir la senda en la dirección que nuestro propio crecimiento interior nos propone. Estar despiertos es una tarea sin duda difícil. Y me refiero a “estar despiertos” no como una categoría que nos pone en condición de ser superior a unos u otros, si no a esa condición de estar vivos y en plenitud de nuestras capacidades mientras hacemos una tortilla de patatas o paseamos por un atardecer otoñal. Esa plenitud, esa consciencia diaria nos conecta con esa sensación de ser niños con deseos plenos de seguir aprendiendo, de seguir creciendo, de seguir ese impulso evolutivo que todos llevamos dentro.

Andrew Cohen, en su libro “Iluminación Evolutiva”, propone acertadamente algunos remedios caseros para estar en esa unicidad presente, en esa consciencia clara y abierta, en ese “estar despiertos” a lo real: debemos poseer una claridad de intención, un desarrollado poder de voluntad, valentía para enfrentarnos a todas las cosas y circunstancias que nos lleguen sin evadirnos de ellas, debemos tener perspectiva de todos los procesos y una consciencia cósmica, abarcante, ilimitada.

Es cierto que la autotransformación es posible. Es cierto que el despertar a nuevas realidades cotidianas y extraordinarias es posible. Es cierto que la iluminación interior no sólo nos arranca de la cotidianidad, sino que hace que la misma se vuelva increíble y maravillosa. Ese es sin duda el mayor grado de magia: hacer de lo cotidiano algo poderoso y extraordinario.

El proyecto O Couso está íntimamente relacionado con todo esto. Pretende recrear un espacio integral y abierto donde las cosas simples se vuelvan poderosas herramientas de transformación. Cortar el césped, cuidar las flores, sembrar semillas de árboles que luego trasplantaremos en inmensas mesetas, preparar los alimentos que momentos antes hemos escogida de la huerta. Cada proceso, cada meticuloso movimiento cotidiano en un ambiente apropiado y estimulante provocará el despertar interior, provocará la cálida acogida del yo real. Así, entre todos, en plena armonía y cocreación con la naturaleza, avanzaremos en la difícil tarea de estar despiertos. Amorosamente, alegremente, en pleno y constante gerundio.

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