Ábrete al vasto dominio de la actividad del espíritu

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Cuando estamos enfrascados en los aspectos materiales de la vida nos perdemos muchas experiencias y vivencias que van más allá de esas necesidades. Cuando las necesidades gobiernan nuestra existencia, limitamos nuestra capacidad de crecimiento humano y no somos capaces de alcanzar las esferas de actividad que existen más allá de esas restricciones.

Pensemos sobre el breve instante de vida que nos es otorgado. En nuestra ceguera, vivimos cada segundo como si fuera eterno, como sí realmente nuestra naturaleza pudiera vivir por siempre en el mismo escenario. No somos conscientes de que nuestra vida puede cambiar radicalmente en un breve lapsus de tiempo. Un accidente, un cáncer, una muerte súbita. Basta un instante de descuido para que todo termine. Y en ese instante de nada sirve todo el esfuerzo, todas las riquezas, todos los estudios, todo el trabajo realizado. Simplemente se manifiesta y nos vamos, desaparecemos materialmente para siempre.

Pero hay algo más que todo eso. Cuando otorgamos algún resquicio de oportunidad a nuestra imaginación, a nuestro poder creador, algo diferente empieza a ocurrir en nuestras vidas. Sí, tendremos que comer igualmente, tendremos que vestir y buscar la fórmula para satisfacer algunas cosas esenciales, pero ya no será nuestra obsesión y ya no viviremos nunca más aferrados a esa experiencia limitante.

Cuando buceamos en los adentros de nuestro propio abismo, un tesoro se manifiesta en lo más profundo de nuestra condición humana. Es el vasto dominio de la actividad del espíritu. Aquí entramos en otro tiempo, en otros espacios diferentes, en una dimensión donde nuestra visión se ensancha y nuestro corazón se expande. Pasamos de un estado semi-animal a una plenitud existencial diferente.

Al ensanchar nuestro corazón descubrimos que uno de los misterios más profundos de la naturaleza tiene que ver con el compartir. Las células comparten información, se multiplican y se reproducen en diferentes ambientes y especies para compartir la memoria de su periplo cósmico. Comparten en las ramas de los árboles, en la charca, en el cielo azul, en la profundidad de la tierra. No importa la forma que adquiera esa célula, puede ser una lombriz o la semilla de un roble. La misión de todo organismo vivo es la de compartir información, experiencias.

Así, el ser humano ensanchado, abierto, explora todos los confines para buscar la mejor manera de compartir. Compartir un trozo de pan, un trozo de amor, un trozo de conocimiento, de arte, de belleza, de cariño. Compartir un segundo de vida o una mañana, vaciarnos para compartir la quietud. Meditamos para ser mejores y poder compartir mejor, estudiamos para alcanzar esa sabiduría de cómo hacer mejor las cosas para que la generosidad encuentre vías eficaces. Nos desprendemos de la necesidad de acumular para abrazar la suerte de cooperar. Cuando se abre el vasto dominio de la experiencia del espíritu nacemos de nuevo. Otra realidad nos espera y nos empuja. Otra visión, otro mundo nos aguarda. Y lo más importante: todo lo demás vendrá por añadidura.

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