¿Cómo es un día en O Couso?

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Tenemos el privilegio de vivir una vida diferente, totalmente emotiva y cargada de experiencias que nos enriquecen día a día. Es cierto que existe un marco de referencia, unos principios filosóficos que sostienen el proyecto desde los planos intangibles, pero es en la vida diaria donde esos valores se plasman de forma hermosa y espontanea.

Existe una rutina que paradójicamente nunca nos resulta rutina. El secreto es la libertad con la que abrazamos las tareas y labores diarias, y el grado de improvisación, según nuestra consciencia y ánimo, que abarca cada actividad.

Nos despertamos a eso de las siete y cuarto. Solemos aprovechar hasta las ocho para leer las noticias mientras nos desperezamos o hablamos sobre los sueños que hemos tenido en la noche. En ese tiempo solemos ir a las letrinas para hacer nuestro primer servicio matutino. Si hace buen día es un gustazo poder salir y ver amanecer entre los árboles y las montañas. Si llueve, nos ponemos las botas de agua y el chubasquero y hacemos algo de malabares para poder llegar hasta la letrina. Como no tenemos agua corriente ni lavabos, hemos habilitado un espacio reservado y coqueto entre los árboles para pode hacer nuestras necesidades. Un agujero escavado en el suelo y rodeado por tres grandes piedras nos sirven de lavabo. Es un sistema limpio e higiénico que nos hace hacer ejercicio de buena mañana.

A las ocho estamos en la pequeña ermita para meditar durante veinte minutos. Creemos que es un tiempo justo y necesario para tomar consciencia de nosotros mismos, de nuestro cuerpo, de nuestro estado de ánimo, de nuestras emociones y pensamientos y poder así conectar de paso con eso que llamamos nuestro ser. Es un momento de silencio acompañado por la tenue luz de una vela y el acogedor ambiente de la vieja ermita.

Tras la meditación nos vamos a preparar el desayuno al mismo tiempo que abrimos el corral a las gallinas y contamos los huevos que nos han depositado. Unas tostadas, leche de avena, cereales, mermeladas, magdalenas, frutas y galletas completan la bienvenida al sol.

Tras el rico y siempre abundante desayuno hacemos lo que llamamos el círculo de consciencia mientras gallinas, gato y perros juguetean a nuestro alrededor. Se trata de abrir, antes de empezar a trabajar, un ambiente interior, de percepción consciente para ver en qué estado nos encontramos y de paso encauzar nuestro ánimo a aquella actividad que más nos beneficie. Algunos escogemos ir al jardín, ir al pozo a por agua, otros al bosque a recoger leña, otros trabajan en la casa o quien lo desee dedica ese tiempo a sus actividades personales o simplemente a descansar. Como aquí nada es obligatorio, si bien de diez de la mañana a dos de la tarde nos hemos fijado el trabajar para la comunidad, somos conscientes de que nosotros y nuestro bienestar también forman parte del sentido de unidad. De ahí nuestro esfuerzo en que todos y cada uno se sienta en libertad de hacer lo que mejor sienta que deba hacer. Es un sentimiento que nos relaja y al mismo tiempo nos llena de responsabilidad individual y grupal.

Antes de las dos ya hay un grupo que ha preparado la comida. Si somos poquitos, como ahora, donde los comensales oscilan entre tres o quince personas, como este próximo fin de semana, la organización de las comidas fluye de forma hermosa y armónica. Todos los días nos chupamos los dedos con algún manjar vegetariano, pero muy orientado a la cocina mediterránea. Nada de cosas raras y sabores extraños. Todo muy de casa. Lentejas, tortilla de patatas, arroces, pasta, croquetas, sopas. Disfrutamos mucho en la cocina sin dañar a nadie.

Antes de empezar a comer cerramos el círculo de la mañana para ver como ha ido la jornada y comentamos entre risas y bromas las anécdotas. Luego agradecemos los alimentos, para ser generosos con ese reconocimiento que le debemos a la madre Tierra y a todos los que han trabajado para que esa comida llegue hasta la mesa.

Después de comer algunos aprovechan para descansar en las caravanas, darse un baño en nuestra ducha solar, leer, pasear o trabajar en las actividades de cada uno. Las tardes suelen ser todas diferentes ya que cada uno atiende a su trabajo interior o a su jornada laboral fuera de la comunidad o simplemente damos paseos por los impresionantes bosques y prados que nos rodean. A las ocho ya estamos cenando algo ligero y a las once casi todo el mundo está ya durmiendo en su caravana, viendo el espectáculo nocturno desde las ventanas.

A pesar de que es otoño no para de venir gente. Este próximo fin de semana vamos a ser unas quince personas que aprovecharemos para hacer un pequeño ritual en honor a los santos anónimos que siempre se celebra el uno de noviembre. Siempre tenemos las puertas abiertas y cualquiera puede venir a pasar unos días. En diciembre queremos celebrar el año nuevo de forma especial y ya se han apuntado más de treinta personas. Ahora falta ver como hacemos para que todos estén cómodos y contentos. La vida aquí siempre es diferente, pero sobre todo, nos hace feliz y hacemos feliz a muchos peregrinos que encuentran calor y hogar a pesar de las condiciones en las que aún estamos. Sin luz, sin agua, sin baños. No importa. Ir al pozo a por agua o encender una vela también es símbolo de vida.

(Foto: Enseñando las ruinas de la casa que estamos reconstruyendo a unos amigos visitantes).

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