¿Hace frío en las caravanas?

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Levantarnos todas las mañanas a temperaturas por debajo de cero grados se ha convertido en una especie de deporte. Todas las mañanas miramos el termómetro y observamos como nuestros cuerpos se han ido adaptando poco a poco a temperaturas que ahora nos resultan incluso agradables. Cuando los amigos ven por las redes sociales las fotos que colgamos plagadas de nieve, de alguna forma sufren y piensan que aquí lo estamos pasando muy mal. Pero nada más lejos de la realidad. Hay un disfrute en todo, incluso en lo extremo. Cada vez que nieva sentimos una inmensa alegría. Hay gente que paga por ir a la nieve y nosotros solo tenemos que esperar a que llegue. Y cuando lo hace nos damos nuestros paseos para contemplar la belleza profunda de un paisaje impermanente, de unas imágenes únicas que pasarán al registro de nuestra memoria en cuanto en unas horas o días vuelva el sol y termine por borrar hasta el último copo de nieve.

Esas imágenes nos hacen reflexionar sobre el constante cambio que sufre la naturaleza y de cómo el ser humano se ha ido adaptando, como ahora hacemos nosotros, durante milenios. Ahora sol, ahora viento, ahora lluvia, ahora frío y nieve. Nada importa cuando nos sabemos partícipes de todo esos ciclos de la vida.

¿Pasamos frío entonces? Al principio sí. El frío calaba por todas partes, incluso cuando realmente las temperaturas no habían bajado lo suficiente. Pero ahora es distinto. Lo notamos cuando viene alguien nuevo y se atreve a pasar unos días con nosotros. Los primeros dos o tres días no duermen bien, lo pasan mal y el frío les cala por todas partes. Luego, tras las primeras crisis, parece como si el cuerpo se adaptara rápidamente a la nueva situación y pudiera pasar en todo momento a un nuevo estadio, a un nuevo vigor y fortaleza.

Por dentro y por fuera nos sentimos privilegiados por ser partícipes de esta experiencia. No lo vemos como una aventura de boy scouts, ni tampoco como unas inocentes vacaciones en un lugar difícil. Estamos aquí, viviendo y experimentando en unas caravanas que compartimos con aquellos que se atreven a descubrir un modelo de convivencia diferente. Eso es suficiente combustible para llenar nuestros corazones del calor necesario para soportar cualquier circunstancia e inclemencia. Realmente el frío no se ha convertido en una molestia o en algo desagradable. Lo vemos como una bendición que nos hace recordar la fragilidad de todo cuanto existe, y la sabiduría que encierra todo cambio, toda transformación.

No anhelamos el calor, ni el verano ni los días soleados. Todos los días, todas las estaciones, todos los tiempos son justos y perfectos. Amamos cada ciclo y compartimos desde la llama interior aquello que ocurre fuera de nosotros. La humildad de vivir en una caravana solo nos desnuda ante la inmensidad del cosmos. Ya no necesitamos enaltecer nuestro pequeño ego con grandes construcciones. Una casa pequeña, muy pequeña, en forma de caravana, nos basta para contemplar desde sus frágiles ventanas la grandeza del universo. Sí, está nevando ahí fuera. Hace frío en las caravanas. Pero el corazón late y fluye ardiente por tan inmenso regalo.

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