Dibujando mundos

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Después del periplo, descanso en la tierra prometida. Árboles, senderos, otoño en los caminos plagados de páginas que cayeron suaves del libro de la vida. No podemos más que maravillarnos de la belleza contemplativa. Los matices de los atardeceres, sus luces, las nubes plagadas de encanto, la suave brisa otoñal. Nos preguntamos cuantas y cuantas cosas se nos escapan al día por estar mirando a una pantalla, a una idea, a una emoción enquistada, a un trozo de cosa inerte que nos aproxima a la ilusión de poseer algo. Cuando miramos la hierba y los árboles observamos que hay algo más dentro de ellos. Algo que les da vida y color. Algo que los transporta a una dimensión diferente.

Estos días el agua ha llegado a O Couso. Ha sido casi milagroso ver brotar de las profundidades de la tierra el líquido vital. Nos veíamos a nosotros mismos jugando como aquel niño que se reencuentra con la magia de la vida. Agua, agua, por fin agua que brota para lavarnos, para limpiar, para beber, para alimentar la huerta y para construir pequeñas cabañas. Agua para compartir. Agua donde no hay que pagar ningún impuesto. Es curioso ver como ahora estamos alimentando estos aparatos con la luz del sol que sale de la nueva y más potente placa solar. En unos años este lugar será totalmente autosuficiente en cuanto a energía. Nadie podrá cobrarnos por el agua que sale de las entrañas o por el sol que iluminará nuestras casas en las frías noches de invierno. Tampoco habrá barreras ni aranceles en las patatas que recojamos de la huerta ni en las castañas que caigan de los árboles. Es como si aquí llegara cierto halo de libertad. Como si algo se diluyera en una frontera invisible de esta pequeña república donde no hay monarcas ni líderes ni jefes ni gurús ni patriarcas ni amos ni dueños ni propietarios ni guías ni directores ni presidentes ni cabecillas ni magistrados. Hemos liberado en este experimento algo del ser humano que andaba atado a cláusulas que no le convenían.

Hemos hecho un nuevo pacto con la naturaleza. Intentamos ser lo más respetuosos con ella. La dejamos crecer a su antojo, apoyando la iniciativa de cualquier joven roble por brotar hacia el cielo o fomentando que la vida crezca por todas partes. Nos gusta esa misión de ser cocreadores. No solo en la huerta, sino también en los planos de la arquitectura cósmica, allí donde se diseñan los nuevos ciclos, las nuevas tendencias, las nuevas formas. No es raro vernos sentados en silencio dibujando mundos. Retomar la esperanza y la fe en todo cuanto somos y hacemos es reconectar de alguna forma con lo más sublime de nosotros mismos. Sólo debemos aprender a callar, a divagar en el silencio sobre los misterios de la propia naturaleza que nos anima.

Cuando salimos a pasear, solo debemos arrodillarnos ante la majestuosidad del misterio y pedir para que muchos puedan disfrutarlo. Por eso nuestro afán por albergar a cuantas más almas mejor. Por eso nuestro ademán firme por arriesgar un poco más cada día a cambio de ver tejer una sonrisa entre cacerolas o bosques, entre juegos y noches de insomnio. Aquí, en el silencio, eso es posible.

Sentimos que hay mucho por crear. Creaciones bonitas, amables, llenas de fuerza y hermosura. Pensamos que cuando callamos algo se abre en nosotros. Una estrecha corriente de aire, una brisa cargada de rumor y susurro, un momento de lucidez, de luz, de luminiscencia. Somos soporte continuo del milagro de la vida. Y a veces, ante un atardecer como el de hoy, nos inclinamos humildes y respetuosos alabando la grandeza cósmica. Nuestro mayor deseo, poder compartir una y otra vez estas luminiscencias.

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