Desde el corazón de Gaia

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Resulta difícil expresar lo que significa vivir plenamente en las entrañas de la naturaleza, entre sus bosques, sus ríos, sus montañas, sus prados verdes, sus animales que corren por doquier. Tras vivir toda la vida embotellados en una ciudad, sentimos una constante pulsación vital aquí en los bosques, una especie de despertar significativo y privilegiado del que nunca hasta este momento habíamos sido consciente.

El amigo Koldo ha apostado por fin por dar un paso en firme hacia el compartir en este lugar y tenemos ya un montón de maderas preparadas para ser ensambladas desde nuestro pequeño conocimiento. Mientras esta tarde pedíamos permiso al claro del bosque elegido y dábamos las gracias por tan privilegiado momento, sentimos una profunda alegría. Una nueva cabaña, sigilosa, humilde, dará calor, conservará el calor.

Hemos abierto claros y caminos entre el bosque pero conservando su naturaleza salvaje, sin ni siquiera introducir un exceso de humanidad entre ramas y arbustos, dejando que la naturaleza se exprese, respetando sus ciclos y ayudando a esa conservación natural que tanto la madre tierra necesita.

Cuando vemos como los pajarillos tejen sus pequeños nidos entre la maleza profunda sentimos una inmensa alegría por ser testigos mudos del ciclo de la vida. Deambulamos con la mirada entre los claros que despejan la visión, observando como cada gesto encierra dentro de sí un hermoso significado. Honramos a nuestra madre tierra, dadora de vida, generosa, amable. Honramos su cálida acogida, su respeto y concierto invisible en todo lo que se prodiga por su bella aura.

El sol forma parte de ese concierto invisible. Se pone sobre un prado que bordea todo el contorno, adornando las pupilas con tonalidades cada día diferentes. No se ve casa alguna en todo alrededor, excepto la nuestra propia si alzas los pasos hacia el norte de la finca. Las nubes que a estas horas llenan de rocío los cielos se desplazan con toda la gloria y esplendor que derrochan a raudales. El paisaje es rico en fauna que viene y va como si tuvieran prisa por vivir. Se puede ver bajo el sol a ese solitario halcón vagando por los caminos, con las alas doradas por sus rayos, o a algún tímido roedor que observa desde su madriguera el quehacer de sus vecinos. Se escucha a lo lejos, acompañando el cantar de mil pequeñas aves, a ese arroyuelo jaspeado en la garganta del Mao. En medio de sus aguas irrumpe su vagabundeo serpenteando lentamente en torno a esos deambulantes tocones podridos.

Caminamos firmes, ante este espectáculo natural, envueltos por una luz pura y brillante que dora la hierba y las hojas recién nacidas, tan dulces y serenamente vivas. Nos sentimos privilegiados ante este torrente dorado que se muestra como onda o murmullo. Hay tanta alegría ahí fuera que todo parece producto de un sueño.

La primavera, el atardecer, la naturaleza viva es un rico poema indescriptible, difícil de describir con acertijos o palabras. Lo único cierto es que hoy hemos penetrado en su vientre, hemos pedido permiso para levantar una segunda madriguera que dará cobijo, desde la más absoluta libertad, a un nuevo colono. Poco a poco se va tejiendo la madeja de algo bello, de algo profundo, invisible, liviano. Somos unos privilegiados y nuestra única necesidad insondable es la de poder compartir este trozo de paraíso con el resto. Nuestro empeño sigue firme, nuestro anhelo nace de Gaia. Serenos, invisibles, silenciosos, sigilosos. Sin hacer ruido, dejando espacio y tiempo para que la verdadera protagonista de este espectáculo se manifieste.

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