¿Por qué hay un laberinto en O Couso?

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El gran canto a la vida libre, retirada y salvaje también tiene su punto de magia y misterio, su grado de símbolo y arquetipo. En O Couso nos gusta jugar con el conocimiento que los antiguos nos legaron, y de vez en cuando es fácil encontrarse con elementos simbólicos que pretenden desvelar al que los contempla algún tipo de mensaje. Uno de ellos, tras pasar por un pequeño atrio precedido de un portal que nos lleva al bosque encantado, es un pequeño laberinto escrito y construido con las piedras que los visitantes nos traen de todas partes del mundo.
Entre el laberinto de Chartres y el laberinto de la catedral de Amiens hay un camino estrecho con parada inevitable en Notre Dame de París. Hace unos años atravesamos toda Francia para fotografiar los misterios de sus muchas catedrales. Cuando aquella mañana de marzo amanecíamos en Chartres y penetrábamos en su catedral sentíamos cierta nostalgia extraña. Había en cada piedra una historia, una vida, un misterio. Los alquimistas que levantaron los símbolos de ese lugar sabían que para llegar al misterio del Universo primero hay que pasar por el laberinto humano. Hay que atravesar con suma paciencia y pericia cada una de sus trampas y pruebas. Por eso el laberinto se encuentra al poco de entrar en la catedral, y también, antes de penetrar en nuestro pequeño bosque de O Couso. Los sabios saben que la única forma de salir de ese laberinto pasa inevitablemente por la toma de consciencia del hilo de Ariadna que nuestra alma teje para sacarnos de nuestro propio lío. En Chartres percibes cierta verdad respaldada por la fuerza del símbolo. Y nace la responsabilidad interior de compartir esos trazos de luz que han sido tejidos con toda la prudencia posible. Todo es contagioso, incluido el conocimiento oculto que se esconde en cada ocaso, en cada amanecer, en cada gesto, en cada instante. Aquí jugamos con la triada, con las esferas, con el círculo, con los números, con la música, con el Arte. Y lo hacemos de forma silenciosa, para que aquellos que tengan ojos y sepan descifrar el lenguaje misterioso de los “pájaros” puedan adivinar el juego del Aula de la Sabiduría.
Después de Chartres esperaba la ciudad eterna, la bella Paris, ese lugar plagado de palacios desplegados por todas sus calles. Nuestra Señora, Notre-Dame de Paris, nos recuerda que en toda Francia, y quizás en toda la cristiandad, la adoración a la Virgen está presente en todo su culto. La Virgen siempre es representada por una luna en cuarto creciente. Las fuerzas lunares que muestran la astralidad, la maya que nos protege de la luz del hijo. Notre Dame de Paris es como el vientre que protege con suma delicadeza ese símbolo. La madre María siempre presente como la madre Tierra, como esa Gaia que todo lo impregna y que nos protege. Tras el laberinto, ahí está el bosque representando todo ese mundo de magia, de duendes, de naturaleza en estado puro. La madre que nos espera para acogernos en su vientre.
Al entrar a la catedral te encuentras con un potente mensaje: “via viatores quaerit”, “Yo Soy el Camino que busca Viajeros”. Ese mensaje impacta porque a cual peregrinos nos hemos visto de frente con el mismo, con la inevitable llamada, con esa urgencia de seguir adelante. Vitruvio escribe en su De Architectura, que la arquitectura descansa en tres principios fundamentales: la Belleza (Venustas), la Firmeza (Firmitas) y la Utilidad (Utilitas). Pero cuando entras a una catedral te das cuenta de que hay algo más: el conocimiento. Cada piedra parece tener vida. Cada poema épico es descrito en esas estatuas, en esos mensajes que nacen de sus paredes. Toda catedral es un libro abierto para quien tiene ojos para ver. Lo pudimos ver también en la inmensa catedral de Amiens, una réplica casi exacta de Notre Dame de Paris. Todo arte gótico encierra un argot hermético, un lenguaje que permite descifrar las columnas de la enseñanza que conduce al Jardín de las Hespérides. Los argonautas viajan hacia ese conocimiento para compartirlo, porque no hay mayor bien, no hay mayor inteligencia y mayor entrega que la de vivir para dar. Quizás por eso disfrutamos construyendo y reconstruyendo los lugares de esta tierra que poco a poco se está sacralizando. Cada vez que nos toca terminar de pulir una pared algo hermoso nace en nosotros.
Y ese y no otro es nuestro propósito aquí. Y lo hacemos como un juego divertido donde podemos reír y cantar mientras penetramos en el misterio. Por eso hay un laberinto, para recordarnos la dificultad humana y el devenir que nos espera cuando consigamos salir del mismo. Por eso los símbolos nos ayudan a reflexionar sobre nuestra condición para hacerla cada día mejor.
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2 Replies to “¿Por qué hay un laberinto en O Couso?”

  1. ¡Mil gracias Javier, de corazón! … y sigue escribiendo.
    Pronto iré a hacerte una visita. Sobre mediados de septiembre. Esta vez SI.
    Vicente

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