Tiempo

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No somos totalmente conscientes de la importancia de ese bien preciado. Siempre pensamos que la riqueza proviene de tener tierras o dinero o propiedades o cosas, pero nadie se para a pensar que el verdadero tesoro, aquello que no se puede ni comprar ni vender por mucho o poco que nos paguen por ello es el tiempo. Es cierto que nuestra cultura nos dice que podemos vender nuestro tiempo por cinco o seis euros la hora. Los más afortunados por diez o veinte y los privilegiados por más de mil euros la hora. Pero realmente, ni unos ni otros se paran a pensar en el verdadero valor de cada segundo de nuestras vidas. Decir alegremente que tenemos una esperanza de vida de unos ochenta años y pensar que eso es un tiempo infinito es perderse en la ingenuidad de la vida. Cada segundo de tristeza o alegría que pasa es un paso más hacia la extinción inevitable.
Es cierto que embargamos nuestra psicología en creencias para sofocar las dudas existenciales. Los existencialistas sobreviven a base de ingenio o a base de depresiones. Los vitalistas siempre han creído en la vida eterna más allá de la vida. Para ambos la existencia se delega a algo futuro, sin pararnos a pensar que lo único verdadero e importante es el presente, el ahora, el instante. Y cada instante nos aporta algo diferente, un trozo de ese misterio sin resolver al que debemos hacer frente con estoica valentía. Pero no siempre lo hacemos de forma despierta y atenta. Casa siempre dejamos que la vida pase sin percatarnos de lo que ocurre a nuestro alrededor, por fuera y por dentro. La vida se nos va de las manos sin tan siquiera poder apreciarlo.
Esta mañana discutíamos sobre la importancia del tener o no tener nada, y sobre las riquezas. Hablábamos que para sobrevivir en la ciudad teníamos que hipotecar nuestro tiempo para así poder pagar la hipoteca, los gastos, la comida para al final del mes no tener dinero ni felicidad ni satisfacción. Alguien decía que aquí en los bosques no pagábamos hipoteca ni luz ni agua ni cientos de cosas que hacen falta en la ciudad. Los más privilegiados vivimos en humildes cabañas de no más de veinte metros cuadrados y es cierto que, como los habitantes de la ciudad, a final de mes no tenemos dinero. Pero sí hay algo de lo que disponemos: tiempo.
La gestión del tiempo aquí en la montaña, en los bosques, es de una riqueza a la que aún no nos hemos acostumbrado. Es cierto que somos pobres en cuanto a cosas materiales, pero somos totalmente ricos en cuanto a poder disfrutar del tiempo como queramos, haciendo lo que realmente nos guste aunque no nos reporte dinero ni tengamos que vendernos para conseguirlo. Es cierto que tenemos una rutina, que nos levantamos temprano para meditar, para desayunar juntos, para realizar círculos de consciencia y para estar tres o cuatro horas trabajando en aquello que en ese momento nos apetezca, ya sea levantar una pared, una cabaña o un suelo, estar en la huerta o buscando leña. Dependiendo de nuestro estado de ánimo podemos hacer una u otra cosa o simplemente no hacer nada. Quedarnos todo un día sentados bajo el sol, filosofando sobre todas las cuestiones que nos vengan en gana. Somos dueños de nuestro tiempo y cada cual lo dedica al don o al talento que desee.
Sí, somos pobres materialmente, pero ricos espiritualmente porque estamos labrando un trozo de vida que nos pertenece. Nuestro propósito final sigue siendo el mismo. Cuando todos los que aquí estamos seamos capaces de inspirar ese valor, esa revolucionaria visión sobre el tiempo, habremos cometido uno de nuestros grandes objetivos. Disponer de tiempo suficiente para inspirar a otros a que se liberen del mismo, entrar en esa cuarta dimensión, en el kairos de los antiguos donde lo único que importa es compartir diseñando ese mundo de amor y paz. Nuestro esfuerzo, también nuestro sacrificio, versa sobre esa esperanza. Nuestro tiempo le pertenece a la vida y nosotros a ella. Quizás trabajemos más que nadie, pero lo hacemos por amor, para el amor y para la conquista del bien común. No tenemos nada, pero al perderlo todo, ganamos todo.
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