La familia invisible

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Han llegado para participar en la tercera semana de experiencia de este verano un grupo de jóvenes provenientes de Holanda y México. Están buscando inspiración para crear en alguna parte del mundo una comunidad. También una familia de Murcia y personas que vienen y van buscando algún tipo de alto ideal. Nos sentimos siempre agradecidos y honrados por este tipo de visitas. Especialmente cuando nuestra misión pedagógica es la de servir de cierto humilde ejemplo e inspiración a otros para que entiendan que se puede vivir con unos valores diferentes, nacidos de la buena voluntad y un sentido profundo de ayudar al otro.
O Couso es un lugar bello e inspirador. Cada vez resulta más enigmática su propia evolución. Vemos como la casa se transforma, como los espacios verdes se llenan de belleza natural y como las personas siguen siendo atraídas una y otra vez para compartir con esta gran familia que se está creando. Cuando vienen de forma repetitiva podemos identificarlos como parte de esa familia, como si fueran miembros de una unidad mayor de almas que se reúnen para conspirar juntas sobre la fórmula de crear algo diferente y especial. Aún lo hacemos torpemente porque no hemos alcanzado plenamente esa visión. No somos capaces aún de ver esos hilos que nos conducen y nos enlazan. Aún no tenemos la suficiente confianza para admitir que no estamos aquí por azar, sino que algo ocurre en otras esferas.
Pero la fuente de atracción ya es un significado de tensión, de intención, que nos quiere advertir sobre algo que no entendemos. Hay un abrazo magnético que nos une, no desde un punto de vista temporal o espacial aislado, sino como un lazo místico que se conjuga en los tiempos y en los espacios. El venir aquí es sólo una parada en el camino, como cuando vas los domingos a celebrar con tu familia sanguínea algún tipo de fiesta o comida común. Aquí la fiesta es vernos, compartir unos días, celebrar el que de alguna forma nos reconozcamos, aunque no sepamos del todo de donde nacen estos vínculos de unión.
Pero cuando nos miramos con humilde percepción podemos ver claramente como todos somos parte de una misma cosa, de un mismo “círculo-no-se-pasa”, de una misma fuente asrhámica donde cada uno aporta su granito de arena dependiendo de lo cerca o lo comprometido que esté con la implicación grupal. Hay un punto focal que deriva de un rayo, de una fuente. Hay una energía que nos tiñe a todos y a la que reaccionamos, dependiendo del poder que le hayamos dado a nuestra alma o por el contrario, a nuestra personalidad, de una forma u otra. Los que se compadecen en amoroso servicio gracias a su amplia visión y entrega a los designios del alma, pueden ver en silencio el juego de roles y personajes de cada uno de nosotros. Los más aferrados a la personalidad obedecen a un carácter fuerte, deseoso de imponer sus propios criterios y condiciones al resto.
Aún así, el vínculo permanece, la energía traspasa toda frontera, cada uno cumple con su parte dependiendo del grado de observación y atención hacia el mundo intangible y sobre todo, cada uno hace lo que puede desde sus propias limitaciones. Al final de la jornada, nunca sabemos si hemos obrado de la mejor forma posible, pero siempre nos queda la satisfacción de haber hecho lo que estaba en nuestras manos.
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