Otoñar…

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Lo revolucionario del silencio es todo lo que es capaz de transmitir sin decir nada. El otoño es como un preludio, un prólogo o una introducción a ese silencio que pronto llegará en las frías noches de invierno. En ese prefacio podemos caminar por los bosques y escuchar aún el crujir de las hojas que van cayendo poco a poco sobre el manto verde del suelo. Los caminos empiezan a embarrarse y las pisadas de los animales que nos rodean empiezan a impregnar las esencias dóciles del barro.

Los voluntarios dejan de llegar y toca recogernos, arrimarnos a los primeros fuegos y buscar en la entraña de nosotros mismos las enseñanzas y experiencias que nos hicieron más humanos. La leña ya está preparada, las manos se frotan por las mañanas para intentar atraer con la fricción la promesa del calor matutino. Los últimos frutos de la huerta gozan aún de salud y las herramientas empiezan a ser ordenadas en el taller esperando una nueva primavera.

Todo lo que nos rodea es susurro y recuerdo. Un verano intenso, muy intenso, a veces alegre, a veces doloroso, pero siempre compartido. Compartimos sueños de un mundo mejor, utopías que se desvanecen ante la imposibilidad de poder abarcarlo todo, o ante la necesidad de considerar que todo esto vale la pena por el esfuerzo y la tenacidad. Estamos aprendiendo a manejar los tiempos y a conjugar la bondad de compartir con la necesidad de subsistir ampliamente en todas las facetas humanas. Pero romper moldes nos cuesta. Buscar en nuevos paradigmas respuestas apropiadas a los ciclos y los tiempos requiere silencio, reflexión, arquitectura emocional e inteligencia activa al servicio de la causa.

Otoñar es todo eso. Es ver caer las hojas mientras nos interrogamos sobre lo que estamos haciendo, sobre las equivocaciones, sobre los pocos aciertos. Los lugares son hermosos, vivir en los bosques, en plena naturaleza es todo un privilegio. Hacerlo de forma compartida es un regalo. Pero el sacrificio constante de ambas dádivas requiere de una fortaleza especial, de una visión poderosa que nos dote de la fuerza suficiente para seguir adelante.

Vivir una vida alternativa con unos valores alternativos en un lugar revelador solo puede servir como fuente de inspiración. No para que todo el mundo haga lo mismo y dedique su vida a buscar un lugar en el mundo. Realmente no cambia mucho el estar aquí o allá. No son los espacios los que provocan la magia. Es lo milagroso de la proeza del compartir lo que hace que un espacio sea mágico. Nosotros hemos experimentado ese milagro dentro y fuera de todo lo que aquí pasa a diario. Pero hay que estar atentos, observantes. Hay que ser amables, generosos y flexibles para poder entender esa grandeza. El otoño nos permite, con sus suaves susurros, comprender el milagro de la vida, su esencia, su verdadero poder. Seguiremos transitando sus vías amables y alegres, agradecer a la aurora de cada día el regalo de estar vivos.

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